| El perfil de un heroe
Esta es la historia del teniente Elber Rodríguez
y de Claudia, su esposa, quienes conmovieron al país al encabezar
el desfile militar del 20 de julio.
A los 27 años el teniente Elber Alfonso Rodríguez ya
sabe lo que es morirse. Lo supo a las 12 del día del
lunes 3 de marzo en Los Montes de María, al sur de
Bolívar, cuando le explotó una mina quiebrapatas. "Es
extraño porque no se siente dolor. Es como flotar en el
vacío, sin sensaciones físicas ni emocionales, sólo
una
voz que en la distancia me preguntó: '¿Quiere irse?,
¿quiere quedarse?'. Entonces respondí: 'Quiero
quedarme, quiero seguir aquí por Claudia, por mis
soldados, por mi país'. Luego no sentí más, apenas
un
ruego".
Varios de los 35 soldados que iban bajo su mando lo
rodearon a él y a su radioperador, el soldado Héctor
Vallejo. Ambos yacían con los uniformes hechos jirones.
Las piernas y el brazo derecho del teniente habían sido pulverizados
y el rostro de su radioperador estaba bañado en sangre. "No se nos
muera teniente, no se nos muera", sollozaban sus compañeros.
"Después de que le dije a la voz misteriosa que me quería
quedar desperté y
escuché en la distancia a mis soldados. Luego pensé en Claudia
y caí
inconsciente". A esa hora Claudia Meza Ramírez, 22 años,
estaba distante, en
Medellín, trabajando en un proyecto de microempresas para montar
su fábrica de
confecciones.
Al atardecer su suegra, Soledad Moreno, 50 años, la llamó
desde Bogotá. "Mija,
¿ya sabe la noticia? Es terrible", alcanzó a decir antes
de desmayarse. Otro familiar
tomó el teléfono y le dijo a Claudia que su esposo había
sufrido un ataque de la
guerrilla. "Pensé lo peor, que me lo habían matado. Empecé
a llamar a todo el
mundo para que me dieran información, hasta que me pasaron al general
Carlos
Alberto Ospina". El comandante del Ejército le informó que
el teniente había sido
atacado pero le aclaró que estaba vivo y que a esa hora un helicóptero
ya lo
llevaba al Hospital Naval de Cartagena.
Claudia no tuvo paciencia. Esa misma noche se subió a un bus y se
marchó a la
Costa Caribe. En el hospital la recibió un sicólogo de las
Fuerzas Armadas, quien
junto con un grupo de oficiales y médicos le contó las condiciones
de él y le dijo:
"Vas a entrar a verlo pero ten presente que él te escucha y todo
lo que digas le va
a llegar".
Ella hizo un esfuerzo grande para imaginarlo de la peor manera posible
pero fue
incapaz. "Uno no puede imaginar a la persona que ama por partes, una la
imagina
en su totalidad", dice Claudia.
Entonces lo evocó solemne y triste como el día que lo conoció,
cinco años atrás,
también a principios de marzo, en 1998. Fue en la sala de velación
de la IV
Brigada. Ella era una adolescente de 17 años y estaba como soldado
voluntario.
Allí reposaban varios féretros de los 65 militares de la
masacre de El Billar,
Caquetá, uno de los golpes más severos propinados por las
Farc al Ejército.
Aunque ese día el teniente y Claudia se conocieron apenas cruzaron
unas
palabras.
Seis meses después él la llamó. Conversaron. El la
invitó a cine. "A mí me gustó
mucho por su buen humor y su optimismo", recuerda ella. Comparada con las
relaciones de los jóvenes de su generación la de ellos era
atípica. "Es muy distinta
porque las parejas se llaman mucho, se preguntan dónde están,
todas esas cosas.
Nosotros no porque él, como todos los soldados de Colombia, está
en guerra".
Ese fue el oficio elegido por Rodríguez desde el 20 de enero de
1995, cuando
entró a la Escuela Militar de Cadetes. Allí se graduó
el 5 de diciembre de 1997 y
cursó además cinco semestres de administración de
empresas. A pesar de que
hasta hace poco su vida era anónima él ha sido protagonista
de la historia
reciente, esa que los colombianos ven por la televisión. Por ejemplo,
como
miembro de la Fuerza de Despliegue Rápido (Fudra), él estaba
en el segundo
anillo que rodeó una vivienda el 29 de enero de 2002 en el sitio
La Cumbre,
municipio El Castillo (Meta) que a los militares les pareció sospechosa.
Rodríguez
iba hacia la casa cuando un superior lo llamó a ordenarle que reuniera
a varios
hombres para que cubrieran un cerro cercano en caso de que fuera una
emboscada. Justo cuando había dado la vuelta la vivienda explotó,
mató a 29
militares e hirió gravemente a otros seis. Fue un hecho que conmovió
al país y que
a él lo marcó. "No hay palabras para describir la escena.
Hay silencio en el
ambiente, pedazos de cuerpos, compañeros mutilados, y uno queda
ahí como
sembrado con su fusil y sin saber qué hacer, a quién disparar",
recuerda. No había
nadie en los alrededores porque las Farc habían colocado el explosivo
para que se
accionara cuando los militares entraran.
Un mes después el teniente sí sabía con exactitud
qué hacer. El fue uno de los
primeros en desembarcar de un helicóptero en San Vicente del Caguán,
el 20 de
febrero de 2002, horas después de que se rompieran los diálogos
entre el
gobierno de Andrés Pastrana y las Farc. "A mí me han preparado
para pelear. Para
eso soy muy bueno", dice. Por eso ese día, aunque tenía la
expectativa previa de
incertidumbre que da el combate, no tenía dudas.
La ocupación del casco urbano donde reinaron las Farc fue fácil.
"Algunos nos
saludaban, otros mostraban banderas, otros se escondían tras las
ventanas",
recuerda. Los colombianos vieron esas imágenes. El apareció
en alguna escena
cuando recibía victorioso al Presidente y a la cúpula militar
en uno de los
momentos más felices de su vida. "Imagínese, estábamos
haciendo historia",
cuenta.
La guerra siguió con un Ejército más a la ofensiva
mientras él volvía a sus tareas
anónimas. Durante este último año combatió
en Arauca, en Santander, en
Putumayo, también en Antioquia y, por supuesto, Meta y Caquetá,
en la antigua
zona de distensión. Entre batalla y batalla viajaba a Medellín
para verse con
Claudia, con quien terminó por casarse.
A ambos los une el buen humor, la juventud. "Con ese positivismo yo me
volví
igual", dice ella. "¿Que de dónde saqué tanta energía?
Pues imagino que de estar
siempre en la línea de fuego y de que pasaran los días y
sentir que no me pasaba
nada, nunca la guerrilla logró hacerme nada aparte de una que otra
revolcadita",
dice él. Se sentía invencible.Pues, entre otras cosas, fue
él quien encontró la casa
de 'Tirofijo' en un patrullaje en la antigua zona de distención.
"Era una casa muy
bien montada en plena selva, en un sector llamado La Sombra. Por fuera
era
bonita y dentro había muchos libros. Eso me emocionó porque
a mí me gusta leer
e imagínese encontrar dos o tres bultos de libros en el monte. Aunque
tenía
algunos títulos que me gustaron y que leímos mientras se
hizo la relación del
decomiso, otros ni los abrimos porque eran de tácticas de guerra
leninista, de
marxismo y comunismo".
La única diferencia como pareja es que ella era gomosa del rock
y de la emisora
Radioactiva mientras él prefería el vallenato. A principios
de este año, sin
embargo, logró darle un giro a su gusto musical cuando la llevó
a bailar y le dedicó
una canción de Jorge Celedón: "Ay hombe olvidarla es imposible
/Ay hombe esto
para mí es terrible /Ay hombe sin su amor yo no soy nada /Ay hombe
siento un
vacío en el alma".
En la mañana del 3 de marzo Rodríguez, al despertar, pensó
en ese vallenato.
Había dormido poco pues estaba en área de influencia de las
Farc y el combate
era inminente. Su unidad, además, enfrentaba dos dificultades rutinarias.
La
primera era calmar la sed porque los militares no cargan el agua porque
el líquido
pesa mucho y se sumaría a los 55 kilos que llevan. La otra era la
de su ubicación.
Eso se resuelve con un GPS (sistema de seguimiento satelital), un aparato
similar
a un celular que marca su localización.
El teniente estaba con su radioperador Vallejo cuando encendió el
GPS. Al hacerlo
activó y explotó la mina que las Farc habían ocultado
entre la maleza. Hasta ese
instante el joven tenía un estado físico extraordinario.
Fuerte y sano fue como lo evocó Claudia sin lograr imaginarlo antes
de entrar al
cuarto del Hospital Naval el 4 de marzo. Ella recuerda que al ingresar
vio a la
izquierda una cama en la que estaba un cuerpo con la cara cubierta por
una gasa
manchada de sangre. Se trataba de Vallejo, quien perdió la vista.
Claudia creyó
desplomarse cuando, al fondo, vio un cuerpo mutilado.
"Doctor, ¿por qué le quitaron las piernas?", gritó.
El médico le recordó que él
estaba escuchando y ella sacó fuerzas. Se le acercó y le
pasó sus dedos por la piel
del hombro izquierdo, que era la única visible entre tubos de oxígeno,
cables de
monitoreo, líquidos intravenosos y gasa. De inmediato el monitor
que señala los
signos vitales se alteró. Ella se asustó y se echó
para atrás. El médico le dijo: "Te
lo dije. El te escucha. Está volviendo a la vida porque sabe que
tú estas aquí".
Los signos vitales empezaron a estabilizarse. Los médicos, que temían
lo peor,
seguían trabajando afanosamente. Las piernas no estaban, el brazo
derecho
tampoco, los oídos estaban destrozados, un ojo era irrecuperable
y el otro seguía
sangrando y de la mano izquierda sólo tres dedos estaban bien. Reconstruyeron
un cuarto dedo con la parte de los restos del quinto, le recuperaron en
parte la
audición, le salvaron el ojo derecho y evitaron que las heridas
se gangrenaran
pues una infección amenazaba su cuerpo. Esto porque hay minas, como
la que le
tocó a él, envenenadas con materia fecal para que infecte
más a la víctima.
El teniente Rodríguez recuerda que nunca volvió a sentir
esa voz que le
preguntaba si quería irse o quedarse, sino las voces de Claudia
y de su mamá.
Entonces mentalmente se hizo un autoexamen. "Empecé a hacer un recorrido
por
mi cuerpo. Sabía que no tenía las piernas, ni el brazo derecho,
no sabía si veía,
pero sí sabía que oía, entonces dije a vivir, a vivir
por Claudia, por mi familia, por
mis soldados".
El jueves 6 de marzo despertó. "Princesa, voy a vivir por ti. No
te preocupes por
esto que apenas son unos raspones", le dijo a Claudia. Entonces llegaron
a
visitarlo sus superiores, el comandante del Ejército, general Carlos
Alberto Ospina y
el de las Fuerzas Militares, general Jorge Enrique Mora Rangel.
"Mi general, yo quiero seguir siendo artillero", le pidió. Mora
lo tranquilizó al decirle
que podía seguir. Y eso hizo. Rodríguez fue quien encabezó
el desfile del 20 de
julio en Bogotá. Iba en su silla de ruedas empujado por su joven
esposa. Hubo
aplausos, lágrimas. Y vivas. Con su brazo llevaba la bandera de
Colombia.
Ahora él está en terapia y tiene el propósito de seguir
adelante. Su meta es llegar
a ser general de la República. Dice que nada lo detiene. Que no
hay obstáculos en
esta vida para lograr los sueños. Por ahora, por ejemplo, va a dejar
hasta ahí la
carrera de administración porque va a estudiar ciencias políticas.
"Quiero entender
más mi país", explica.
Claudia entrará el próximo año a estudiar medicina.
Se les ve enamorados.
"Teníamos dos opciones, o amargarnos y morirnos o echar pa'lante",
dice con el
optimismo que él le prendió. "Jugamos todo el día,
bromeamos, reímos, nos
amamos", dice él y le habla del futuro y del sueño de que
algún día el país viva en
paz. "Ese país en paz yo me lo voy a caminar", dice optimista. Ella
explica que es
así porque le van a poner unas prótesis que le permitan el
movimiento.
"El me enseñó que el cuerpo es sólo el vehículo
del alma. Y es a su alma a la que
yo quiero", dice Claudia. El tomó esa frase de un libro leído
hace muchos años.
Todavía no puede leer aunque por orgullo tampoco permite que ella
lo haga por
él. "Eso me mal acostumbraría. Voy a hacer el esfuerzo para
volver a leer por mí
mismo", dice. Ella le da un beso y le promete con una sonrisa que apenas
recupere bien su vista le va a comprar el libro de Gabriel García
Márquez: Vivir para
contarla.
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