| La “Reconquista de
España” comienza en Navarra
En el otoño de 1944 la Unión Nacional Española
(UNE) – la organización de los exilados antifranquistas de predominio
comunista - proclamó que había llegado la hora de reconquistar
España. La invasión guerrillera que debía derribar
a Franco se produjo por Navarra, Huesca y Lérida. La primera embestida
se dio en Navarra. Los maquis fueron tomando posiciones cerca de la frontera.
Desde la zona de Pau se trasladaron a las poblaciones de Sainte Engrace
y Esterençuby. En total, más de ochocientos guerrilleros
se concentraron en el área Olorón-Mauleon-Ustaritz.
Los guerrilleros eran de variada procedencia: Isidoro Granado, de Madrid;
Domingo Abanades, Guadalajara; Roberto Gayarre, Navarra; Mariano Hidalgo,
asturiano; Salvador Sangut, barcelonés; Félix García,
Madrid; Miguel Sierra, de Cáceres; Juan Ferrer, Hospitalet; el leridano
Manuel Rocha; Ramón Mayo, Biescas; el eibartarra Angel Loidi...
Muchos maquis quedaron muertos e insepultos en los bosques y nunca sabremos
sus nombres. Todavía ocho meses después de los combates se
encontraron cadáveres.
La invasión se inició la noche del 3 al 4 de octubre,
cuando pasaron los primeros guerrilleros, unos doscientos cincuenta hombres
de la 54 Brigada. Partieron de Esterençubi y cruzaron la frontera
por Roncesvalles. El primer combate se produjo el día 4 contra un
destacamento de la Policía Armada en Izalzu. Murieron dos policías
y el guardia civil que les servía de guía. Los maquis además
capturaron a un sargento y a un número. Tras esta escaramuza y debido
a la presencia de numerosas fuerzas enemigas, el grupo se dividió
en dos partidas. Una, tras llegar hasta Abaurrea Alta, tuvo que retroceder
y repasó la frontera el día 8, liberando al sargento en Francia.
La otra entabló un combate el mismo día 4 en Vidangoz, en
la zona del monte San Fernando, contra una compañía del batallón
América reforzada por dos secciones de la Policía Armada.
Murieron seis maquis y doce fueron capturados. Por parte gubernamental
cayeron el teniente Ramón Benito Alonso, dos cabos y dos soldados.
La lucha fue muy dura, llegándose al cuerpo a cuerpo. Este grupo
posteriormente tuvo otro encuentro en la borda Zalba contra tropas de infantería.
Murieron dos soldados y cinco guerrilleros, mientras un oficial resultaba
herido de gravedad. Se hicieron 30 prisioneros. En Navascués se
produjo la única verdadera batalla de la campaña, con uso
de morteros y ametralladoras pesadas, pero los guerrilleros lograron romper
el contacto. El destacamento, muy debilitado y sin municiones, se fraccionó
y retornó a Francia sin más bajas, salvo algún guerrillero
que se entregó en el puesto de la Guardia Civil de Burguete.
El día 6 se produjo un combate contra el Ejército en Ainzioa,
en el valle del Erro, a resultas del cual el destacamento de cuarenta maquis
se dispersó y retomó la frontera. Dos días después,
ante el complicado cariz que tomaban los acontecimientos, se trasladó
al batallón Legazpi XXIII desde San Sebastián. Las órdenes
proporcionadas a su mando establecían que la unidad debía
limpiar de enemigos la zona de Aoiz e Irurzun. El día 9 el
batallón tuvo su bautismo de fuego junto a otras unidades en Arostegi,
cerca del paso de Dos Hermanas. Sufrieron tres muertos y varios heridos,
entre ellos un teniente y un capitán. Uno de los fallecidos era
el alférez de complemento bilbaíno Miguel de la Mano, herido
gravemente en la acción y que murió al día siguiente.
Era el primer mártir de la milicia universitaria y como tal se expuso
durante años un cuadro suyo en la sala de banderas del regimiento
Sicilia. En el mismo enfrentamiento murieron los soldados Julián
Orbegozo e Isidro Angulo.
Ese día una partida de ocho guerrilleros entró en Abaurrea
Alta y obligaron al alcalde a que les acompañase al puesto de la
Guardia Civil. Allí le hicieron llamar al portón. Cuando
le abrieron, dispararon al interior, matando a un número e hiriendo
a tres. Tras este ataque el grupo se dispersó. La Guardia Civil
del pueblo capturó dos maquis de la partida el mismo día
y varios más las jornadas siguientes, entre ellos algunas mujeres.
El 9, dos guerrilleros fueron detenidos cuando intentaban atacar el puesto
de la Guardia Civil en Olagüe, a sólo 20 kilómetros
de Pamplona. Fueron los maquis apresados más al sur.
Respecto al crecido número de prisioneros, el testimonio de un
oficial de infantería aclara en parte la cuestión: Íbamos
patrullando a pie cuando, de repente, apareció un grupo de maquis.
Nos podían haber emboscado y acabado con todos nosotros, porque
nos habían sorprendido totalmente. Pero venían a entregarse.
Los llevé yo personalmente hasta Pamplona. Me dijeron que
habían estado escondidos varios días esperando que pasasen
soldados, porque no querían entregarse a la Guardia Civil o a la
Policía. Habían entrado en España convencidos de que
no tendrían que luchar, que la guerra había terminado con
su victoria sobre los alemanes y que les iban a recibir como a libertadores.
Y al darse cuenta de la realidad, decidieron entregarse. Una cosa que les
sorprendió también fue que las tiendas estuvieran abiertas
y que existiesen productos para vender, pues venían con la idea
de que España estaba hecha un caos y que no había ni comercio
ni mercancías. La verdad es que hicieron bien en entregarse a nosotros,
porque los cogíamos y nos limitábamos a llevarlos en camión
hasta Pamplona y entregarlos en la cárcel. Pero la Policía
y la Guardia Civil antes de encerrarlos los interrogaban. Así que,
cuando menos, les daban “un buen repaso” antes de llevarlos a prisión.
La invasión dejó patente la escasa preparación
del Ejército para la lucha antiguerrillera. La mayor parte de la
guarnición fronteriza estaba compuesta por antiguos republicanos
y por soldados de remplazo, simples quintos que intentaban inútilmente
pasar la mili sin excesivas complicaciones. Un quinto guipuzcoano al que
tocó hacer el servicio en estas difíciles circunstancias
nos lo recuerda: Yo estaba en el valle de Baztán. Había tiroteos
casi todas las noches, porque había muchos nervios. Disparábamos
al ganado y a todo lo que se movía. En las unidades estábamos
mezclados quintos normales, que estábamos mejor, pero también
había muchos republicanos que ya estaban aburridos de la vida. Habían
hecho la guerra, luego estuvieron en la cárcel varios años,
luego los llevaron a los batallones disciplinarios y luego ¡a volver
a hacer tres años de servicio militar! Éstos ya nos decían:
“Nos da lo mismo pegar un tiro a nuestros oficiales que a los que vengan
de Francia”. En esas condiciones, comprenderás que mili pasamos.
Los nervios y la bisoñez de la tropa a veces producían situaciones
surrealistas, como en Vertiz, donde una sección de infantería
se apeó del tren al localizar una partida de maquis, combatiendo
toda una noche ¡contra una piara de jabalíes!
El 18, tres maquis fueron capturados por soldados del América
XIX en el puerto de Velate. Al día siguiente se produjo el principal
esfuerzo guerrillero, la invasión del valle de Arán, en Huesca.
Esto provocó la reactivación de las entradas por la frontera
navarra. La 522ª Brigada, doscientos guerrilleros mandados por el
comandante Couto atravesaron la frontera por el Roncal, en dirección
al pueblo de Sádaba y con destino final en el Maeztrazgo. Los días
20 y 21, procedentes de Saint Engrace, 400 guerrilleros de la 153ª
Brigada entraron por el portillo de Arrakogoiti, en el Roncal. Se dirigieron
hacia Garde, desde donde esperaban pasar a Huesca y enlazar con la invasión
de Arán. Perseguidos muy de cerca por las fuerzas gubernamentales,
enseguida se fraccionaron, llegando partidas sueltas a Lecumberri, Lesaca
y Aralar o siguiendo hacia Aragón. Un oficial de la Agrupación
Cenetista de la UNE, Chispita, recuerda esta incursión: Cuando entramos
en España éramos un centenar de hombres. Casi todos veteranos
de la guerrilla francesa. Por eso quizá tuvimos menos reveses que
otros grupos. Sostuvimos varios combates apenas pisamos territorio español.
Casi siempre con la Guardia Civil. Se notaba que eran excombatientes de
la guerra civil por su forma de actuar en la montaña y por su valentía
(...) Los enfrentamientos más violentos nada más entrar los
tuvimos en la Sierra de Uztarroz. Luego nos disgregamos en tres grupos.
Yo tomé el mando de uno de ellos. Tuvimos pocas bajas porque, como
ya te dije, nuestros hombres eran guerrilleros muy fogueados. Pero la resistencia
encontrada hizo retroceder a Francia a más de la mitad. Cuando algunos
dijimos que se tenía que penetrar hacia el interior, en busca de
guerrillas locales, no faltó quien puso en duda su existencia, alegando
que eso formaba parte del engaño general. Pienso que si hubiésemos
tenido mejor información sobre esas partidas guerrilleras la mayor
parte de los grupos que regresaron a Francia posiblemente no lo hubieran
hecho (...) Bajamos hasta la Sierra de Santo Domingo, pasando por Navascués
y Urriés (1). Este grupo llegó al Maeztrazgo a finales de
octubre.
Victorio Sarriés, entonces sólo un niño,
iba
irse a la cama en Iza, en el valle de Salazar, cuando sonaron golpes en
la puerta. La casa no tenía luz eléctrica y costaba atisbar
algo. Eran dos hombres armados con fusiles y granadas. Le preguntaron por
su padre y entonces éste apareció con unos carboneros que
vivían en la casa. Los guerrilleros estaban tan asustados como ellos
y sólo querían algo para comer. Les dieron lo que pudieron
pero, como todavía no habían hecho la matanza, sólo
había pan y nueces. Estuvieron un rato hablando, dieron las gracias
y se fueron. Pero un vecino ya les había denunciado. El Ejército
cercó la casa y con las primeras luces se decidieron a entrar. Los
soldados estaban nerviosos y querían registrar las habitaciones.
En ese momento asomó un ermitaño, Fernando, que vivía
enfrente. Los soldados le dispararon y la bala rozó su cuello antes
de incrustarse en la pared. Llevaron a toda la familia a declarar y luego
los dejaron en libertad. A los guerrilleros los detuvieron días
después en Zerrenkenos.
Enric Carreras, miembro de la 522ª Brigada, entró por el
Roncal con catorce compañeros: Aunque en algún momento encontramos
gente que nos ayuda, son muchos los que acuden a denunciarnos (2) Otro
grupo de esta Brigada llegó hasta Aralar, donde sostuvo un duro
enfrentamiento con la Guardia Civil. Al final, 17 se entregaron. En un
combate en Lesaka con otro destacamento de 60 guerrilleros que intentaba
regresar a Francia murió un guardia civil y el policía armada
Quintín Cuesta. El día 22, doce guerrilleros fueron detenidos
en el Baztán.
Por esas mismas fechas comenzó a infiltrarse en pequeños
grupos la 10ª Brigada. Victorio Vicuña era su comandante: Respecto
a la invasión, nosotros tuvimos una gran dosis de subjetivismo.
Pensábamos que el final de la guerra mundial era el final de Franco.
Creíamos que si invadíamos España y creábamos
una cabeza de puente seríamos ayudados por los Aliados. Creíamos
que si creábamos una situación de conflicto directo, los
Aliados no tendrían más remedio que intervenir, devolviéndonos
los esfuerzos que habíamos hecho por ellos. Y que la entrada de
una o dos divisiones americanas provocaría que los militares abandonasen
a Franco. Esa fue nuestra equivocación. Fuimos incautos políticamente.
Se intentaba cubrir con voluntad las deficiencias En ese período
queríamos crear una presión para que las tropas aliadas entrasen
detrás de nosotros. No era una forma de pensar políticamente
equivocada hasta unos meses antes, pero teníamos ya los inicios
de la Guerra Fría. Un gran error político. Monzón
y la Dirección se equivocaron, pero tuvieron espíritu de
lucha.
Yo estaba un poco mosqueado, porque veía que esto no iba
a acabar bien. Llevaba bastante tiempo en esto para conocer la importancia
de la información y, como no tenía casi guías del
país, todas las noches mandaba patrullas de información con
prismáticos y telescopios cogidos a los alemanes, que atravesaban
la frontera, se quedaban un día escondidas y volvían la noche
siguiente con una información veraz. Por ejemplo, me decían
qué movimientos de tropas habían visto, en qué lugares
y cuántos toques de trompeta habían escuchado. Cada toque
indicaba la posición de un destacamento militar. Y había
un montón. Pero los boletines de la Agrupación decían
todo lo contrario, que no había fuerzas en la frontera. Nuestra
propaganda magnificaba todo: si tres obreros se quejaban, hablaban de huelga.
Si aparecían unas pintadas, que un barrio se había levantado.
Las informaciones de la Agrupación Guerrillera parecían muy
completas. Constaba el nombre de todos los pueblos, con las fuerzas del
orden y los destacamentos de ejército acantonados en ellas. Según
esos informes, la frontera estaba casi desguarnecida.
A principios de octubre de 1944 iniciamos la campaña del Bidasoa.
Se habían establecido dos sectores: uno, en el Pirineo catalán
y Aragón, donde debían entrar por Jaca. Otro, desde Olorón-Santa
María hasta el Atlántico. Mi brigada, la 10, estaba la más
cercana al mar, en Cambó. Mis órdenes, concretamente, eran
introducir toda la brigada al unísono, utilizando todos los hombres
disponibles. Mis órdenes eran “presentarse en España con
todas las fuerzas posibles”. Yo ya advertí a mis jefes, Luis Fernández
y Modesto Vallador que iba a meter seis destacamentos de 60 guerrilleros
progresivamente y que yo pasaría con el tercero cuando conociese
la situación. Y que tampoco utilizaría algunos hombres, como
la Brigada Vasca, que estaban faltos de preparación y porque a su
jefe, Ordoki le veía muy reticente e inseguro. Los nacionalistas,
algunos republicanos y los “Llopis” no estaban de acuerdo con la operación
y habían minado los deseos de luchar.
Nuestro objetivo era, desde el punto de vista de la estrategia, el mismo
que el de Arán. Aunque en Arán la penetración era
más fácil, al ser un sector más montañoso.
Teníamos que establecer una cabeza de puente, tras lo cual se levantaría
el pueblo español y los ejércitos aliados, ante este hecho
consumado, nos ayudarían y derribarían a Franco. Esa era
la idea central, más que objetivos concretos de “¿hacia dónde
vamos?” o “¡hay que tomar tal pueblo!”. Nuestra orden concreta era:
“Evitando las ciudades y los pueblos, cruzar el Bidasoa y establecer bases
en las zonas montañosas de Guipúzcoa y de Vizcaya. Si no
hay una caída inmediata de Franco, intentar llegar a Santander”.
Empezó la operación y entramos por la zona de Sara.
La primera noche pasaron dos grupos, la segunda, uno. Entraban de noche
y con la orden de intentar evitar el combate porque no tenían munición
más que para cinco minutos de fuego. Había metido estos tres
grupos, alrededor de 180 hombres e iba a pasar yo mismo cuando el tercer
día llegó la orden de suspender la operación. Los
grupos, hasta cruzar el Bidasoa, no encontraron la menor resistencia, sólo
alguna patrulla aislada. Las tropas del Ejército, Falange y requetés
se habían concentrado al otro lado del río. Todos los que
pasaron el Bidasoa no volvieron más. De los que no pasaron, pues
algunos lograron salvarse.
En proporción, tuvimos más bajas que en la operación
del valle de Arán. Sólo por pasar el río, que había
llovido mucho y había crecido, se ahogaron catorce o quince guerrilleros.
En total parece que la brigada tuvo medio centenar de desaparecidos. ¿Fueron
detenidos y ejecutados de forma sumaria, desertaron o lograron llegar a
bases guerrilleras en otras provincias? Lo único comprobado es que
de muchos nunca más se supo.
Uno de los integrantes de aquella brigada era José Vicente
Arizaga, veterano de los campos de concentración franceses y de
la Resistencia: Yo había pasado a Francia desde Cataluña
cuando la derrota, con 14 años. Así que aquella era mi vuelta
a España. Mi experiencia en el interior fue muy corta, se trató
de muy pocos días. Entré con un grupo de cincuenta y dos
hombres del primer batallón de la 10ª Brigada. Antes de entrar
en España le cambiaron el nombre a la unidad para despistar y pasamos
a ser la 227ª Brigada. Salimos de Salies de Bearn en camiones y cruzamos
la frontera por la zona del monte La Rhune. Íbamos ya con la estructura
de hacer un futuro ejército: un teniente para cada cinco soldados,
que luego sería el oficial de los futuros guerrilleros. Para reír.
Ya durante la ocupación en Francia hubo batallones que se componían
de 8 hombres. Así que cuando se lee: “Tal operación fue ejecutada
por el batallón X”, a lo mejor estamos hablando de una operación
en que participaron cuatro personas. Antes había pasado otro batallón
por lo menos, porque me habían dado instrucciones de que no dejásemos
papeles, ni colillas, ni nada. Y encontramos una lata de conservas de sardinas
de los que pasaron antes y la tuvimos que enterrar. Llevábamos cinco
fusiles ametralladores ingleses Bren y uno alemán. Llevábamos
armas ligeras, pero bastante más que lo que teníamos enfrente.
El armamento era diverso: unos fusiles canadienses de la Guerra del 14
muy pesados y poco precisos, que no gustaban a los hombres aunque tenían
cargadores muy grandes, de diez balas; mausers; dos variantes de
Sten, con culatas deferentes; bombas de mano de piña y yo llevaba
30 kilogramos de trilita. Pero traíamos muy poca comida, latas de
sardinas que habíamos cogido de un tren que la Brigada voló
cerca de Olorón, con conservas y botas de media caña españolas
para los alemanes. Los cargadores de los fusiles ametralladores se habían
distribuidos entre todos. Yo llevaba dos cargadores y algunas balas sueltas,
que servían tanto para el mauser como para el Bren.
Llevábamos las mejores armas, porque en la 10ª Brigada
teníamos también la skoda, que era el mauser hecho en Checoslovaquia;
bombas de mano italianas de dos clases, que parecían cantimploras
y que nadie las quería; bombas de palo alemanas que tampoco quería
nadie, aunque supongo que serían útiles porque los alemanes
eran unos artistas a la hora de hacer la guerra; un par de “naranjeros”
españoles; pistolas hechas en Eibar y subfusiles rusos de tambor,
que parecían el arma de los gansters...
Íbamos muy despacio y cuando se hizo de día aún
estábamos frente a La Rhune. Con los anteojos veía el pueblo
de Vera del Bidasoa. Pero desde La Rhune probablemente nos estaban vigilando,
porque sabían que veníamos. Alguien nos vio y enseguida se
chivó. Algún pastor. Yo únicamente vi a cinco soldados
de patrulla, con el fusil de revés sobre el hombro y avisé
a los demás para que se escondiesen. Ordenaron no disparar. Perdimos
el enlace, el río Bidasoa estaba crecido, un par de días
sin saber qué hacer. Y, cuando estábamos en un barranco,
nos cogieron allí. Empezaron a dispararnos, fueron poco precisos,
no sé si tenían más miedo que nosotros. La verdad
es que en el combate nos hicieron menos daño del que pudieron. En
aquel momento o después murió el comisario del batallón,
José Silva. Tuvimos un par de muertos y nos ordenaron “¡Tomad
la loma!”. Salimos escapados intentando coger altura. Ahí me vi
bastante apurado, pero parecía que no nos querían tirar,
porque pasé por una zona despejada y cuando llegué arriba
es cuando nos empezaron a tirar. Total, que nos reagrupamos y tuvimos una
reunión con los mandos sobre qué hacer. Y decidimos volver.
El comisario de la otra compañía, para quedar bien, dijo
que seguía “para adelante” y desapareció y no lo vimos más.
Pero es que éste sabía lo que había después,
una especie de tribunal juzgaba a los que se retiraban sin órdenes.
Y pasamos a Francia, a Sara. Creyendo que estábamos a salvo, matamos
dos corderos y nos pusimos a comer. Estábamos en dos bordas y en
un momento dado atacaron la otra borda, a 100 metros y allí mataron
al comandante, Cabero, cuando abastecía el fusil ametrallador y
a otros compañeros más. Intentamos reaccionar, pero ninguno
de los Bren funcionó - yo creo que algún agente los había
estropeado - y no podíamos responder al fuego de los franquistas.
Con el jaleo llegaron en camiones los franceses del Cuerpo Franco Pommiés,
que no eran comunistas pero nos tenían mucho aprecio, porque habían
luchado contra los alemanes. Y formaron frente a los franquistas, que se
largaron. Cuando llegué a la base, en Salies, los compañeros
me abrazaban porque les habían dicho que habían matado a
un comisario y pensaban que era yo. En total tuvimos 8 muertos de 52. De
las fuerzas franquistas se pasaron bastantes, quintos y suboficiales del
ejército e incluso algunos policías.
Portal Militar
agradece Don Mikel Rodriguez la seccion de este articulo parte del Libro
"Maquis. La guerrilla vasca1938-1962"
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| Jacinto Ochoa, fugado del penal de San Cristóbal,
recuerda aquellos días: Estuvimos en Ustaritz unos días,
nos montamos en unos camiones, fuimos hasta muy cerca de la frontera y
después de allí, cargados con los macutos y las cosas que
teníamos, munición y armas, aquella misma noche cruzamos
la muga. Llevábamos rifles americanos y buenos debían ser
aquellos cachorros, tenían un cargador bastante majo, no sé
cuantas balas metí en la cámara, y después metralletas
de esas que se fabricaban en Estados Unidos. Se arrojaban para el maquis.
Era una cosa muy rudimentaria, no tenían más que un tubo
y un cargador grande de 30 tiros. Y claro, aquello para actos de sorpresa
debía ser muy bueno, porque no pesaba nada y podías desplazarte.
Nosotros seríamos unos 50. Nuestro objetivo era internarnos y crear
guerrillas y ya después tomar la iniciativa cada uno, pero no había
sitio concreto donde ir, donde nuestra marcha terminara (3).
En los combates desarrollados en Ventas de Igantzi, el día 23,
murieron cinco guerrilleros. Uno de estos guerrilleros falleció
al caer al canal. El agua lo arrastró hasta una presa cercana, de
donde los militares extrajeron el cadáver. Otro cayó abatido
al intentar cruzar el río por el puente de minas. Lo enterraron
en el bosque poniéndole una anónima cruz de madera. Los otros
tres maquis murieron en combate en el caserío Landanetxe.
El 25 se produjo un fuerte enfrentamiento en Vidangoz, en el que
perdieron la vida seis guerrilleros. Los combates comenzaron por la tarde
y prosiguieron hasta la mañana siguiente. En un principio, las fuerzas
del Ejército tuvieron que replegarse al pueblo debido a la presión
de los guerrilleros. Posteriormente, la llegada de dos secciones de la
Policía Armada y la falta de municiones obligó a los maquis
a retirarse. Un teniente y cuatro soldados murieron, mientras que diez
resultaron heridos. El 27, otra escaramuza con el regimiento Victoria en
el Portillo de Ollate costó la vida a dos soldados y a cinco guerrilleros.
En esta acción treinta maquis fueron capturados. Ese mismo día,
una sección de cincuenta soldados cruzó la frontera cerca
de Sara y registró el caserío Aniatarbe en busca de guerrilleros.
El 28 Santiago Carrillo dio la orden de suspender las operaciones, lo que
no produjo una inmediata suspensión de las incursiones y tampoco
varió la situación de los que, desde el interior, intentaban
desesperadamente regresar a Francia o alcanzar zonas libres de la masiva
presencia franquista.
La última incursión se produjo el día 30,
cuando trescientos guerrilleros entraron por Ventartea hacia el valle de
Ulzama, siendo rechazados por tropas de infantería. Varios fueron
capturados posteriormente en diversos puntos del Roncal por la Guardia
Civil. El general Yagüe podía ya declarar, aliviado, que en
las palomeras de Echalar se puede cazar y pueden estar bien tranquilos
los pueblos fronterizos. El 31 de octubre la prensa anunciaba que el último
rojo español ha rebasado de nuevo la frontera con Francia Las últimas
detenciones, seis guerrilleros andaluces, se produjeron en el puesto de
Ururozqui a primeros de noviembre.
Hoy es difícil conseguir testimonios de los paisanos críticos
con la guerrilla La situación en 1944 desde luego no era la del
37, cuando los aldeanos salían a cazar a los fugados de San Cristóbal
como si de conejos se tratase. Pero tampoco eran esa población indiferente
o antifranquista que algunos autores se empeñan en presentar. Los
también parciales testimonios recogidos hace cuarenta años
presentaban un tono muy diferente del actual. Jesús Hermida
recogió esta declaración en 1960: Ellos estaban en las alturas,
y la fuerza venía por abajo. Los paisanos sacamos las escopetas
de caza para defender el pueblo. No pasaron cerca, pero si pasan... No
les quería nadie por aquí. Ellos decían que no nos
matarían, que no tenían nada contra nosotros. Pero a nada
bueno vendrían cuando venían así, armados con lo último.
Durante las operaciones la infantería y la policía eran guiadas
por civiles de la zona, buenos conocedores del terreno. Y el recuerdo de
los guerrilleros supervivientes es que, pese a que los trataban bien y
en algunos casos los sobornaron con paté francés requisado,
muchos campesinos corrían a delatarlos. Aún a día
de hoy, un anciano vecino de Vidangoz recuerda: Si los militares
llegan a hacernos caso, los cogen a todos. Porque nosotros les avisamos
donde podían emboscarlos, pero ellos prefirieron hacerlo a su modo
y la mayoría de los maquis se les escaparon y siguieron adelante.
La documentación escrita también apunta en esta dirección.
En los archivos del Gobierno Civil de Pamplona existían pliegos
de descargo de contrabandistas con certificados de haber espiado a los
maquis. Una notificación de la alcaldía de Uztarroz fechada
el 4 de noviembre pide al Gobierno Civil las 250 pesetas prometidas a un
vecino por delatar a los maquis. Un listado con la relación de los
inmuebles particulares ocupados en Aoiz por la tropa del batallón
Montejurra muestra que un tercio de los afectados no deseaba cobrar por
ello. El 30 de mayo de 1945 el Régimen premió a los vencedores,
imponiendo condecoraciones y entregando recompensas a dieciséis
civiles que se habían distinguido en la represión de los
sucesos de la frontera de nuestra provincia.
Conchi Anaut, desde su perspectiva de roja refleja aquella realidad:
Y no se podía hacer nada para ayudarles, porque en el 36 aún
hubo gentes que pudieron ayudar. Cuando los maquis era imposible porque
los que éramos rojos estábamos todos fichados y entonces
se estaban cortando cabezas a mansalva. Es difícil entenderlo de
no haberlo vivido, es difícil entender la situación ahora.
Nuestro miedo no lo entenderéis nunca, el miedo que teníamos
era pavor. Los de derechas también tenían miedo pues, cuando
se enteraron que los maquis estaban pasando, muchos se fueron a dormir
a otras casas del miedo que tenían porque pensaban que venían
a pedirles cuentas de lo que pasaba... Estos colaboraban con la Guardia
Civil, era una manera de congraciarse con ellos. Veían a un maquis,
que igual se acercaba a pedir auxilio o comida y enseguida a delatarlo
(4).
En Navarra la lucha se desarrolló en la zona norte, ningún
combate se produjo por debajo de los 42º 45´. Los enfrentamientos
se entablaron principalmente en dos triángulos imaginarios delimitados
por los vértices de Varcarlos–Belagua-Burgui y Bera–Aralar-Roncesvalles.
La lucha se desarrolló con un tiempo pésimo. Nieve, niebla,
frío y lluvia limitaron los movimientos del maquis, a quienes los
franquistas, bien asesorados por paisanos, esperaban en vados, pasos y
puentes. El hambre – sólo llevaban víveres para tres días
-, la falta de recursos y de información, la fría – si no
hostil – acogida de la población y la superioridad numérica
del enemigo condenaron la invasión. En un mes, el Ejército
tuvo diecisiete muertos, tres la Policía Armada y tres la Guardia
Civil. Los heridos fueron mucho más numerosos y los prisioneros,
dos. Las deserciones de la tropa fueron abundantes, pero no hemos logrado
localizar ningún dato oficial al respecto. Se desconocen las bajas
exactas de los guerrilleros, pero los muertos pasaron de cincuenta y los
capturados, del centenar.
Notas:
1. PONS PRADES, E.: Guerrillas españolas 1036-60, pág.
59.
2. ARASA, Daniel: Años 40: los maquis y el PCE, pág.
216.
3. CHUECA INTXUSTA, J. P.: La guerrilla en Navarra en “La Guerrilla
en España”, pág. 108-10.
4. CHUECA INTXUSTA, J. P., op. cit., pág. 109. |
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