El Nuevo Papel de
los Militares en América Latina.
Métodos e Interpretaciones.
Antecedentes
LOS MILITARES latinoamericanos se han caracterizado tradicionalmente
por sus frecuentes intromisiones en la política nacional. Todos
los países de la región, en un momento u otro han sufrido
la activa participación de sus fuerzas armadas en asuntos políticos
domésticos. Ya sea por mandato de los civiles o por su propia cuenta,
los militares repetidamente se han cubierto con el manto político
para llevar a cabo muchas funciones políticas y extra militares.
Casi con regularidad, los regímenes militares han alternado con
los gobiernos civiles. A diferentes junturas en la historia, los militares
han desempeñado toda una gama de papeles: el de fuerzas nacionalistas
que luchan para derrocar a un régimen colonial u oligarquía
explotadora; el de fuerza conciliadora entre posturas extremas; el de redentores
de una condición social malsana o deteriorante; el de directores
de un sistema político; el de grupo de presión que expresa
las aspiraciones de una determinada clase social o que plantea las aspiraciones
populares; el de una fuerza modernizadora que busca el desarrollo industrial
y el crecimiento económico del país; y con más frecuencia,
el de salvador de la patria, no tanto de amenazas externas sino más
bien del desorden y caos interno.
Las razones por las que las fuerzas armadas han adoptado tal variedad
de funciones son tan complejas como arraigadas en la complicada realidad
socio-económico-política de estos países. La falta
de instituciones políticas efectivas, una sociedad rígidamente
estratificada en su economía, la presencia de una gran población
marginada y una inherente dualidad económica de regiones dentro
del país son algunos de los factores que contribuyen a explicar
la tendencia de las fuerzas armadas a intervenir en la política.
Estas razones se han visto complementadas con la existencia de un ejército
altamente politizado que se ha autodenominado el salvador providencial
de todas las crisis que puedan afectar al país.
Sin embargo, en los últimos veinte o treinta años, la
realidad socio-política-económica de América Latina
ha sufrido una metamorfosis. Se han desarrollado instituciones políticas
efectivas, la organización social ha cambiado, la participación
política de las masas se ha incrementado, la estructura de la clase
económica se han vuelto relativamente más abierta y los militares
se han vuelto más profesionales. Como consecuencia de todo esto,
los papeles que tradicionalmente han representado los militares en América
Latina están cambiando. Con movimiento pendular hacia la democracia,
a partir de los años 70 las fuerzas armadas han vuelto a las barracas.
Una vez cedidas sus funciones políticas a las instituciones civiles
están encontrando novedosas actividades en qué ocuparse.
El objetivo de este estudio es examinar el cambiante papel de las fuerzas
armadas en el contexto de una profunda y continua transformación
de la economía y política latinoamericana.
El papel tradicional de los militares en la política
latinoamericana
Históricamente hablando, los militares han participado activamente
en la política de América Latina desde el descubrimiento
del Nuevo Mundo. Durante la subsecuente conquista, los conquistadores combatieron
contra los indios americanos, y posteriormente se establecieron, no como
simples soldados, sino como la realeza y aristocracia blandiendo considerable
influencia económica y poder político. Podemos ver cómo,
desde un inicio, América Latina omitió establecer claramente
la separación de los poderes civiles y militares. Esta situación
se agravó durante y después de las guerras de independencia
en los albores del Siglo XIX. Los ejércitos nacionales desempeñaron
un papel preponderante en las luchas independentistas. Luego, cuando prevalece
un periodo de caos y descontento social en las incipientes naciones, los
militares emergen como la única institución lo suficientemente
fuerte y con algún grado de legitimidad como para mantener aglutinada
a la nación. Las instituciones políticas en manos de los
civiles estaban limitadas en su alcance y confinadas a zonas urbanas.
Es por ello que casi toda la región de la América Hispana
vivió un vacío político e institucional al desaparecer
la administración colonial. Fue un periodo que se caracterizó
por la aparición de líderes locales, frecuentes guerras civiles
y una rápida sucesión de golpes militares. Estas circunstancias,
entre otras, contribuyeron a la emergencia de caudillos, hombres poderosos
que disponían de sus propios grupos armados para asegurar la estabilidad
y el orden.
Gradualmente, en la medida que las incipientes instituciones políticas
comienzan a emerger con fuerte participación de la oligarquía,
las fuerzas armadas se convierten en instrumentos para imponer su autoridad
sobre una sociedad económicamente débil y fuertemente marginada
políticamente que aun no ha experimentado el surgimiento de una
clase media. En ese momento los militares se convierten en uno de los instrumentos
de las clases dominantes para imponer el orden durante los tiempos de crisis.
A través de todo el Siglo XIX los militares se identifican con la
élite terrateniente y son en gran medida defensores del status quo.
Esta tradición se mantiene vigente en la mayoría de los países
de América Latina hasta la Segunda Guerra Mundial. De hecho, llegada
la guerra, Bolivia, Ecuador, Perú, Venezuela y otros países
estaban presididos por generales conservadores; y los regímenes
civiles en Argentina, Panamá y Haití se sostenían
en el poder con el respaldo de los militares. Cabe agregar que después
de la Guerra, los militares de algunas naciones se transforman en "anfitriones
de cambio y reforma, es decir, en opositores de las instituciones tradicionales
y en proponentes y defensores de las nuevas medidas de bienestar social".
El cambio de actitud, de defensores del status quo a propulsores de
la modernización y el desarrollo se da realmente en respuesta a
la necesitad impuesta por las exigencias de la época. La Gran Depresión,
la Segunda Guerra Mundial y la subsiguiente Guerra Fría, junto con
el impacto ideológico del Socialismo y el Comunismo rompieron con
el viejo orden de cosas. A medida que las penalidades sufridas por la clase
media y baja se intensificaban, el estrés y la tensión creaban
las condiciones adecuadas para rebelarse contra el viejo orden social.
Cabe agregar que los militares, que en su mayoría eran jóvenes
oficiales de clase media, se "sentían inquietos de pertenecer a
unas fuerzas armadas estáticas que ofrecían poca oportunidad
de cambio y promoción". Por consiguiente, buscan el respaldo de
los civiles urbanos de clase media con la esperanza de reformar el carácter
de la política latinoamericana. La primera de tales revueltas tuvo
lugar en Argentina en junio de 1943 cuando el Grupo de Oficiales Unidos
(GOU) derroca el régimen tradicionalista. Bolivia imita el ejemplo
de Argentina en diciembre del mismo año cuando algunos jóvenes
oficiales idealistas conducen a los proletarios contra la oligarquía
nacional. De allí en adelante, situaciones similares se suceden
por toda América Latina: en el Ecuador en mayo de 1944, en Guatemala
en octubre de 1944, en Venezuela en 1945, en El Salvador, en 1948 y así
sucesivamente. Sin embargo, a los pocos años de estos regímenes
pro-reformistas, las fuerzas armadas adoptan otro papel decisivo. En esta
ocasión, al fomentar la oligarquía o clase media, les toca
ponerle un alto a las revoluciones de tendencia izquierdista. Así
vemos cómo los militares intervienen para sofocar el espíritu
revolucionario que ellos mismos habían contribuido a crear unos
pocos años antes. Entre 1947 y 1959, cada uno de estos regímenes
militares reformistas es derrocado por oficiales de un ejército
conservador o por jóvenes cuyo celo reformista se había desvanecido
ante los vientos del movimiento laboral de extrema izquierda. Habiendo
invertido la tendencia, los militares se alejan de la escena política
de manera que para principios de los años 60, solamente tres países
en América Latina tienen presidentes militares. No obstante, no
han transcurrido diez años cuando los militares están de
nuevo en el poder en algunos de los países más grandes de
la región, a saber: Argentina, Brasil y Chile, bajo el pretexto
de salvar a la nación de los excesos de las tensiones sociales emanantes
de las demandas laborales de los reformistas-extremistas. La institucionalización
de nuevas formas de acumulación de riqueza, junto con el desarrollo
capitalista, conduce al surgimiento de nuevos protagonistas económicos
y políticos que naturalmente implican cambios en las estructuras
de clases y relaciones sociales prevalecientes. De ahí que el estado
se vea atrapado entre ser el instrumento de las clases sociales dominantes
para consolidar una forma de acumulación de riquezas y la herramienta
de las clases sociales de movimiento ascendente que exigen una mayor participación
en la formulación de las políticas económicas del
gobierno. Esto da lugar a una intensificación de las contradicciones
sociales que producen una desorganización del estrato social, la
aparición de conflictos industriales y el surgimiento de fuerzas
radicales anticonservadoras. A fin de hacerle frente a esta multiplicidad
de amenazas y poder reconstruir la derrumbante estructura sociopolítica,
los militares entran en escena. Con la debida jerarquía, disciplina
y estructura, los militares son, de hecho, considerados los más
capaces para garantizar el orden público y la seguridad nacional.
Hay que admitir, sin embargo, que los militares fracasaron en su comprometida
misión por un sinnúmero de razones, cuyo análisis
excede el alcance de este documento. Esto se comprobó cuando, desacreditados
en casi toda la región, nuevamente se repliegan a las barracas y
comienza una nueva ola de redemocratización en América Latina.
Desde entonces, la democracia ha predominado y el activismo militar ha
declinado de manera notable en la región.
Las características de las nuevas fuerzas
armadas
La principal función de cualquier militar, de conformidad con
la Constitución y la Ley, es defender a la nación de cualquier
agresión externa y ayudar al gobierno a preservar el orden interno.
Los ejércitos latinoamericanos, en términos generales, no
confrontan ninguna amenaza externa. En este siglo, son contadas con la
mano las guerras regionales en que han tenido que participar: entre Paraguay
y Bolivia en 1932, diez años más tarde un conflicto fronterizo
entre Perú y Ecuador y más recientemente en 1995, y una guerra
en que el Reino Unido y Argentina se disputaron la propiedad de las Islas
Malvinas (Falkland Islands) en 1982. Aparte de éstas, los países
se han visto libres de injerencia militares externas. Es válido
entonces afirmar que los ejércitos de América Latina no tienen
una verdadera misión de guerra que cumplir. Gracias a esto, los
ejércitos en América Latina se han convertido, tal como señala
Davis "... en algo más que fuerzas policiales bien armadas, cuya
principal tarea es preservar el orden." Por esto los ejércitos con
frecuencia han actuado como el brazo político del estado.
Ante la creciente participación de los civiles en la actividad
política de América Latina, el ejercito se ha retraído
de la esfera política, dejando en manos de las organizaciones políticas
civiles la tarea de gobernar. En este escenario, el ejército ha
sentido no sólo una pérdida de poder y posición, sino
también falta de justificación para su razón de ser.
Esto parece ser un duro golpe a su tradicional status de alto protagonismo
y un reconocimiento de su limitada participación. Quizá para
compensar esta pérdida, los militares de la región han comenzado
a ocuparse en muchas otras actividades.
Antes de pasar a analizar en qué consisten estos nuevos papeles
que los militares latinoamericanos han asumido, sería pertinente
examinar las características más sobresalientes de los militares
de la región en la actualidad. Es más, el meollo del asunto
del papel fundamental que desempeñan los militares está en
el grado de subordinación al Presidente y a la Constitución
que estén dispuestos a aceptar. Los que apoyan las reformas militares
defienden la postura de que dicha subordinación garantiza la seguridad
de futuros gobiernos democráticos al ponerle fin, de una vez por
todas, a los golpes de estado. En este contexto, el hecho más notable
ahora es la aceptación de la autoridad civil por parte de los militares.
Según la Constitución de todas las naciones, las fuerzas
armadas deben subordinarse al estado. Pero, hasta ahora, esta realidad
ha sido ignorada o pasada por alto por los militares cuando asumen las
riendas del gobierno. Sin embargo, ahora, con la vuelta a la democracia
y con un renovado respeto por la Constitución, los militares se
han sometido a esta disposición estatutaria. Por consiguiente, han
aceptado confinarse al papel que les prescribe la Constitución.
El General Martín Balza, jefe de Estado del Ejército Argentino
expresa un sentimiento ampliamente difundido cuando dice: "Debemos respetar
la autoridad constitucional; los golpes de estado y la guerra con cosas
del pasado."
La segunda característica notable de los militares latinoamericanos
es que cada Arma está pasando por un proceso masivo de reestructuración.
En este contexto, uno podría citar el ejemplo de Argentina, y esta
es una realidad para casi todos los países de la región.
El Ejército ha reducido el número de oficiales activos, incluso
el número de generales. En 1983 habían 6,000 oficiales y
70 generales y para 1996 el número de oficiales se había
reducido a 5,200 y los generales a 33. En los próximos cinco años,
la Fuerza Aérea Argentina planea reducir su número de efectivos
en un esfuerzo por invertir la tendencia por la cual la partida de salarios
era seis veces mayor que la partida destinada a la modernización
de equipo y operaciones. De su presupuesto anual de US$500 millones, solamente
US$75 millones están destinados a operaciones, adquisición
de equipo y mantenimiento. El monto restante está destinado a los
salarios de los 23,000 aviadores y civiles de la Fuerza Aérea. La
reestructuración que se contempla prevé reducir a la mitad
el número de brigadas, con una consecuente reducción del
número de desplazamientos y afinando el proceso de reclutamiento.
En tercer lugar, los militares latinoamericanos, al igual que sus colegas
en otros países, tienen que afrontar una reducción significativa
en el presupuesto de la defensa. Las cifras que se conocen destacan esta
tendencia. América Latina gastó un total de US$19,000 millones
en mantener sus ejércitos en 1985 y en los siguientes 10 años
ha agregado US$1,000 millones más a esa suma cada año." Sin
embargo, también se ha visto reducida la cifra de dinero que ha
entrado a la región en concepto de seguridad. El continente recibía
en 1986 más de US$1,000 millones en concepto de Financiamiento Militar
Externo (FMF) y US$147 millones en Adiestramiento y Educación Militar
Internacional (IMET) de los Estados Unidos. Pero para 1990 el FMF de los
Estados Unidos se redujo a US$11.5 millones y el IMET a US$4 millones.
En 1997 estas cifras se vieron recortadas aún más, reduciéndose
el FMF a tan solo US$18 millones y el IMET a US$2.5 millones." Los fondos
propios tampoco son fáciles de conseguir y los presupuestos para
la defensa han sufrido recortes de hasta 90% en la última década.
Cabe agregar que otra importante característica de las fuerzas
armadas latinoamericanas es su firme determinación de adquirir un
modesto inventario de equipo moderno, particularmente ligero, que pueda
asegurarles una ventaja táctica y una movilidad estratégica
determinante. En vista de la escasez de recursos financieros, este esfuerzo
se concentra en la obtención de productos de defensa que puedan
brindarles varios beneficios simultáneamente, tanto para hacerle
frente a las amenazas externas como a problemas internos de insurrección.
El anhelo es crear una fuerza militar "rápida, actualizada, flexible
y versátil" que tenga buena capacidad de proyección y que
sea capaz de movilidad táctica y estratégica."
Y por último, las fuerzas armadas en América Latina han
comenzado a participar de lleno en maniobras militares conjuntas con miras
a obtener beneficios a través de la cooperación. En 1997,
el Hemisferio Occidental y la región del Atlántico Sur auspició
tres grandes maniobras militares: Operación ALTASUR, entre África
del Sur, Brasil, Argentina y Uruguay; la maniobra Fuerzas Unidas, en la
que participó Estados Unidos con cuatro de los países del
Mercosur (los países del Cono Sur que conforman el Mercado Común
de América del Sur), Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay; y Operación
Crucero del Sur entre Argentina, Brasil, y Uruguay. Además de estas
maniobras multinacionales, varias naciones participaron en maniobras militares
bilaterales. Por ejemplo, Argentina y Brasil cooperaron para mejorar los
niveles de adiestramiento de sus Armadas. En 1995 la Armada Argentina aterrizó
sus aeronaves de caza antisubmarina S-2 Tracker, sus Super cazas Etendard
y sus helicópteros Sikorsky en los portaaviones brasileños.
Los portaaviones argentinos han estado fuera de servicio desde finales
de 1980 por falta de fondos para modernizar su sistema de propulsión.
Por otro lado, Brasil tiene los portaaviones pero carece de aviones caza
de ala fija para despegar desde los portaaviones. Por lo tanto, ambas armadas
obtuvieron beneficios de dichas maniobras militares conjuntas.
Como consecuencia de dichas maniobras militares conjuntas, en 1997 también
se dieron conversaciones sobre la posibilidad de suscribir un convenio
de defensa bajo el paraguas protector del Mercosur, el mercado común
suramericano. Hasta cierto punto, este concepto tiene sus raíces
en el incremento recíproco en la actividad comercial como resultado
del Mercosur y a otros convenios económicos subregionales que han
propiciado un sentido de confianza mutua. Con la palpable mayor integración
económica y concomitante mayor interdependencia, hasta las fuerzas
armadas se han liberado de sus inhibiciones a fin de participar conjuntamente
en maniobras militares y sacar provechos así de las experiencias
compartidas.
Los papeles que representan actualmente los militares de América
Latina
Defender los confines nacionales de invasiones externas y la seguridad
de la población de cualesquiera amenazas internas han sido los papeles
protagónicos de cualquier grupo militar. Aparte de estos, los militares
latinoamericanos con frecuencia se han visto involucrados en actividades
de socorro y en combatir el crimen organizado, brindando apoyo logístico
a las campañas antidrogas y participando en misiones de conservación
de la paz. Esto se analiza en los siguientes párrafos.
La participación de los militares en las crisis
internas
La defensa de la seguridad interna del estado cae dentro de la gama
de deberes de los militares. Por ejemplo, las fuerzas armadas Mexicanas
ayudaron a sofocar la rebelión en el sureño estado de Chiapas.
En asunto de horas luego de iniciada la revuelta, cuadrillas de aviones
de la Fuerza Aérea Mexicana comenzaron a movilizar tropas y abastos
al área y a lanzar ataques aéreos mientras el Ejercito acordonaba
el área. En tanto que en Guatemala se puede ver a los militares
representando un papel diferente. El Ejército forma parte de la
delegación gubernamental ante las Naciones Unidas para las conversaciones
de paz con los líderes de la guerrilla de la URNG (Unión
Revolucionaria Nacional Guatemalteca). Los objetivos y planes de los militares
ahora también comprende tener que lidiar con la delincuencia y el
crimen organizado, especialmente en lo que concierne a la proliferación
de armas, el tráfico de estupefacientes, la inmigración ilegal
y el control de zonas en las grandes ciudades donde el dominio y los servicios
gubernamentales se han erosionado. El crimen y la violencia han aumentado
en algunos países latinoamericanos como resultado de las difíciles
circunstancias económicas que vive la población, el alto
grado de desocupación y el resquebrajamiento de las instituciones
políticas, legislativas y judiciales que se perciben como ineficientes
y corruptas. La inhabilidad de la policía para lidiar con la alta
criminalidad ha obligados a países como Brasil, El Salvador, Guatemala
y México a utilizar provisionalmente sus ejércitos para dominar
la situación.
Un claro ejemplo de este papel protagónico de los militares lo
vemos en la Operación Río que condujo el Ejército
de Brasil del 31 de octubre de 1994 al 31 de enero de 1995. Las fuerzas
armadas fueron llamadas a brindar apoyo a las autoridades civiles para
restaurar el orden público en Río de Janeiro a fin de que
el gobierno pudiera reestablecer el dominio y los servicios. La operación
era un experimento para determinar cómo podían las fuerzas
armadas en ambientes urbanos apoyar a las fuerzas civiles. Durante los
tres años anteriores a la operación, la violencia urbana,
caracterizada por los asaltos a los bancos, los conflictos armados entre
bandas de narcotraficantes y los atracos en las calles habían creado
un clima de inseguridad aterrador. El clamor público contra la inhabilidad
gubernamental para mantener el orden obligó al gobierno federal
a ordenar la actuación de las fuerzas armadas. Este es, por lo tanto,
un nuevo papel que deben representar los militares. Es más, Ralph
Peters hasta ha dicho que "una fuerza militar que no esté preparada
para hacerle frente a situaciones urbanas, cualesquiera que éstas
sean, no está preparada para hacerle frente al futuro. En Colombia
las fuerzas armadas fueron desplazadas en octubre de 1997 para garantizar
la libre y segura realización de elecciones municipales a nivel
nacional. El presidente Samper ordenó la movilización de
20,000 hombres, con prioridad al campo, donde los rebeldes controlaban
grandes extensiones de territorio, para garantizar la seguridad de los
votantes. En otra novedosa actuación, en Guatemala el presidente
Arzú autorizó al Ejército de Guatemala a colocar destacamentos
a lo largo de la frontera con México y Belice para prevenir la incursión
de "eco-terroristas" a los bosques tropicales de Guatemala.
El papel protagónico de los militares en las operaciones antidrogas
En aquellas naciones afectadas por el tráfico de estupefacientes
y otros crímenes afines, los militares se han visto involucrados
activamente en operaciones antidrogas dirigidas por el gobierno. Es más,
el papel que han representado los militares en este campo se ha visto crecer
en importancia considerablemente en estos días. Lo que para los
militares originalmente comprendía solamente erradicar los cultivos
e interceptar embarques de estupefacientes, ahora implica participar en
las actividades para prevenir la violencia generada por el crimen organizado
que surge del tráfico ilegal de estupefacientes, químicos
y armas.
La Fuerza Aérea Mexicana ha organizado el Décimo Grupo
Aéreo con la particular misión de conducir operaciones antidrogas.
Esta drástica medida se adoptó a raíz del reconocimiento
del lastimoso hecho de que grandes sumas de dinero se movilizan en estas
actividades. La revista The journal of Latin Trade señaló
en su edición de septiembre de 1997 que según los cálculos
de las autoridades estadounidenses y mexicanas, a través del sistema
financiero mexicano se lava por lo menos US$15,000 millones al año.
Esta cifra equivale a 4.6 por ciento del Producto Bruto Nacional (GNP).
El problema se complica todavía más por la vulnerabilidad
del país ante la presión de los Estados Unidos por esta situación.
El gobierno de los Estados Unidos siempre ha sostenido que los gobiernos
de
naciones infestadas con problemas de estupefacientes están en la
obligación de adoptar medidas drásticas contra los carteles
de la droga. Hay que señalar que el gobierno de los Estados Unidos
periódicamente certifica a las naciones que han sido eficaces en
su lucha contra el tráfico de drogas y, en consecuencia, determina
la clase y el grado de ayuda financiera y otros beneficios a que esos países
pueden ser acreedores por parte de los Estados Unidos.
Colombia es otro país atrapado en el conflicto de las drogas.
A raíz de la pérdida de la ayuda financiera recibida de la
antigua Unión Soviética y Cuba, el movimiento izquierdista
liderado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el
Ejército de Liberación Nacional (ELN) han vuelto la mirada
a la producción y comercialización de la cocaína y
la heroína como fuente de financiamiento. Desde el año pasado
cuando el petróleo sustituyó al café como el producto
de exportación número uno, los grupos rebeldes han redoblado
sus ataques contra la industria petrolera nacional. Un estimado de los
daños causados por la insurgencia a la economía colombiana,
incluso el costo de los daños causados por la violencia, la defensa
directa, la pérdida de negocios y vidas, alcanzan la cifra de US$1,500
millones por año. En situaciones como éstas, la participación
de los militares colombianos en las operaciones antidrogas es inevitable.
De hecho, el tráfico de estupefacientes y sus consecuencias en
Colombia también ha llevado a otras naciones a solicitar maniobras
militares conjuntas contra los carteles de la droga. Temerosos de que el
problema traspase sus fronteras, los países vecinos de Ecuador,
Panamá y Venezuela han sugerido un plan concertado conjunto para
hacerle frente a la situación. Un senador venezolano, quien es también
Presidente del Comité de Defensa del Senado, ha propuesto el establecimiento
de un Consejo Interamericano Cooperación y Seguridad Regional. Al
describirlo como un problema de "seguridad y defensa hemisférico",
él exige rápida adopción de medidas antes de que el
dramático crecimiento del tráfico de estupefacientes ponga
en peligro la "paz entre las naciones, la seguridad y la estabilidad de
la democracia en el hemisferio.
La participación en las misiones de conservación
de la paz de las Naciones Unidas
Una perceptible tendencia en América Latina en el curso de los
últimos años es la creciente participación de los
militares en las misiones de conservación de la paz auspiciadas
por las Naciones Unidas. Esto no significa que no participaran en dichas
misiones con anterioridad. Algunas naciones de la región, sobre
todo Argentina y Brasil, han participado en dichas misiones, pero la frecuencia
y la intensidad de dicha participación se ha visto definitivamente
incrementada ahora. Por ejemplo, Argentina ha aumentado significativamente
el nivel de su fuerza de conservación de la paz en las Naciones
Unidas y para 1997 ya había participado en 27 de las 43 misiones
de paz auspiciadas por las Naciones Unidas. Por otro lado, Chile que nunca
antes había enviado a sus soldados a un conflicto internacional,
también ha dado pasos sin precedentes en esta dirección al
enviar a un grupo de oficiales del ejército a adiestrarse al Centro
Conjunto de Adiestramiento para Operaciones de Conservación de la
Paz de Argentina (CAECOPAZ) antes de unirse a la misión de conservación
de la paz de las Naciones Unidas en Chipre. La explicación probable
de este destacado esfuerzo de participación es que estas operaciones
están siendo consideradas como medios viables para ganar respeto
internacional y a la vez darse a conocer. La importancia de esta participación
se puede medir a partir del hecho que cuando el presidente Clinton visitó
Argentina en octubre de 1997, su contraparte el presidente Carlos Saúl
Menem se refirió a los militares argentinos como "los herederos
del General San Martín que ahora tienen otra misión. Soldados
que están preparándose no sólo para el combate, sino
particularmente para las misiones de conservación de la paz." Ha
sido política consecuente del presidente Menem enviar miembros del
ejército argentino a todas las misiones de paz de las Naciones Unidas
en todo el orbe a manera de obtener el reconocimiento de todas las naciones
del mundo políticamente influyentes como uno más del grupo.
Esta motivación ha sido explícitamente manifestada por el
Crnl. Fernando Isturiz, Director del CAECOPAZ. Según él,
"La idea principal (de participar en misiones de conservación de
la paz), desde el punto de vista político, es destacar a la Argentina,
es dejarle saber al mundo sobre Argentina."
El compromiso de la Argentina con estas actividades se puede medir a
partir del hecho que el centro CAECOPAZ, se ha edificado en el campo en
Campo de Mayo. Fue fundado en 1995 con el fin de mejorar el adiestramiento
en materia de conservación de la paz para todos los servicios militares
y todos los países. El Centro brinda adiestramiento a 1,000 estudiantes
al año, mediante cursos de 2- 4 semanas de duración y programas
de adiestramiento en el campo para familiarizarlos con los procedimientos
de las Naciones Unidas. Se pone especial énfasis a temas como patrullare
aéreo, operaciones psicológicas, identificación de
minas, procedimientos de aprehensión, leyes internacionales de derechos
humanos y destrezas de negociación. Soldados de otros países
del hemisferio, incluso Bolivia, Brasil, Ecuador, El Salvador, Guatemala
y hasta los Estados Unidos han comenzado a acudir a este Centro para capacitarse.
Últimamente, algunos oficiales de asuntos internacionales y periodistas
han comenzado a recibir adiestramiento sobre los que deben esperar cuando
trabajan en zonas donde hay Cascos Azules desplazados |
| Antecedentes |
| El papel tradicional de los militares en la política
latinoamericana |
| Las características de las nuevas fuerzas armadas |
| La participación de los militares en las crisis
internas |
| La participación en las misiones de conservación
de la paz de las Naciones Unidas |
| Conclusión |
Una prueba fehaciente del deseo de los militares
latinoamericanos de tratar de integrarse a otras fuerzas para mejorar su
eficiencia como fuerzas conjuntas cuando se llevan a cabo misiones de paz
de las Naciones Unidas se puede apreciar en la maniobra militar conjunta
denominada Cruceiro del Sur realizada en Río Grande Do Sul, Brasil
en octubre de 1997. El objetivo de esta maniobra era "mejorar la cooperación,
confianza y amistad entre los participantes y desarrollar la capacidad
para planear y realizar operaciones conjuntas." Bolivia y Paraguay por
América Latina, así como el Reino Unido, Francia, Alemania,
Korea y China enviaron observadores militares para estudiar la maniobra.
La operación simuló un escenario de conservación de
la paz de las Naciones Unidas, cuya misión era apoderarse de las
armas de dos grupos guerrilleros en lucha por el poder en un país
imaginario denominado Sambonia. El aspecto más significativo de
la operación fue que esta maniobra, la más grande jamás
realizada en América Latina en la que participaron más de
2,400 hombres, 40 vehículos blindados y un sinnúmero de helicópteros,
se basara en la cuestión de la conservación de la paz.
En general, el ayudar a la conservación de la paz internacional
le está proporcionando a los países involucrados los medios
para mantener a sus fuerzas armadas bien adiestradas a pesar de los recortes
presupuestarios. Esta participación les da la oportunidad de desenvolverse
en operaciones reales, una oportunidad que no pueden obtener de ninguna
otra manera. Por ejemplo, ante los severos problemas presupuestarios, la
Fuerza Aérea Argentina ha tenido que recortar el número de
horas de vuelo de sus pilotos a un nivel por debajo del requerido para
el adiestramiento de pilotos. Pero su participación en operaciones
de conservación de la paz satisface este requisito. También
hay que ver que es saludable para el estado anímico de la tropa
en épocas de recorte presupuestario. Ayuda a reafirmar a las tropas
que no hay planes de reducción de fuerzas; y por supuesto, mejora
la reputación militar, tanto interna como externamente. En cuanto
a las recientes democratizadas políticas, estas operaciones le brindan
la ventaja de mantener a los militares ocupados en algo útil de
manera que no tengan tiempo para pensar en regresar al gobierno político
Conclusión
Se especula ampliamente que en el futuro, las principales misiones
de las fuerzas armadas seguirán centrándose en las acciones
civiles y la colaboración en momentos de crisis y no en la proyección
de poder externo. Por consiguiente, los militares en América Latina
están tratando de prepararse, no sólo para realizar su primordial
misión, cual es, desalentar la amenaza externa, sino también
prepararse para realizar aquellas misiones secundarias mencionadas a lo
largo de este documento. Por consiguiente, el énfasis está
en la creación de unas fuerzas militares rápidas, actualizadas,
flexibles y versátiles capaces de reaccionar con rapidez y alto
grado de movilidad.
De hecho, la participación de los militares en estas misiones
especializadas ha hecho posible justificar las peticiones de las fuerzas
armadas de que se incrementen los presupuestos de la defensa para una necesaria
modernización. Esta participación les ayuda a que el gobierno
entienda y esté más receptivo a sus necesidades de armamento,
lo que con frecuencia obtienen de fondos que no son del presupuesto normal
de operaciones. Por ejemplo, el Ejército mexicano, impresionado
por la rapidez y movilidad de las fuerzas armadas estadounidenses en la
Operación Tormenta del Desierto, y ante la probabilidad de participar
activamente en las operaciones de contrainsurgencia y antidrogas, ha comenzado
a invertir en vehículos ligeros de asalto equipados con ametralladoras,
lanzagranadas y lanzacohetes. De igual forma, en agosto de 1997, cuando
Brasil acordó brindar apoyo logístico a los observadores
militares a la Misión Ecuador/Perú (MOMEP), suscribió
la compra con Estados Unidos de cuatro helicópteros Alcones Negros
(Black Hawk) S-70A que les permitiera realizar la nueva tarea con eficiencia.
Colombia y Perú también han adquirido aeronaves y otros equipos
militares de los Estados Unidos para su actividad conjunta en la lucha
antidrogas. Estados Unidos tiene en mente transferir a Venezuela su exceso
de helicópteros Bell UH?IH y Fairchild C-26, así como también
cuatro C-26 a Perú para fortalecer su actividad antidrogas. Este
equipo, una vez que pase a formar parte de su modesto y no muy moderno
inventario militar, pese a que se han adquirido para un propósito
especifico, contribuirá a elevar su nivel de eficiencia y a mejorar
el estado de ánimo de los miembros de las fuerzas armadas.
En vista de las circunstancias existentes, el escenario que probablemente
veremos parece ser uno en el que los militares se van a reestructurar para
actuar al servicio de la conservación de la paz y para desempeñar
el papel de protectores de sus respectivas naciones dejando el gobierno
del país a los representantes legalmente electos, y la administración,
a los servidores públicos. La participación de los militares
en estas nuevas actividades les ayuda a alejarse del legado de dictadores
militares. Muchos oficiales de la defensa creen que es casi imposible volver
a los días de los golpes militares. Según las palabras del
General Liano del Ejército Argentino. "En el pasado, éramos
una fuerza de intervención para sofocar los problemas internos,
no nos desempeñamos nada bien. Nos comportamos mal. Casi convertimos
al Ejército en una fuerza policial. La nación debe ver al
Ejército como su fuerza defensora, y las autoridades de gobernación
y justicia deben estar a cargo de la policía de seguridad interna.
Por otro lado, uno no puede pasar por alto las críticas que están
comenzando a surgir dentro de los círculos militares de algunos
países por falta de una política de defensa sólida.
En Argentina, por ejemplo, un grupo de altos oficiales retirados acusaron
al gobierno de no disponer de una "amplia" política de defensa con
la que se pueda a su vez determinar "el adecuado tamaño necesario
de la fuerza militar y por no definir el papel que debe representar.” En
cuanto a la creciente participación de Argentina en las operaciones
de conservación de la paz de las Naciones Unidas, categóricamente
manifestaron: "Las misiones de conservación de la paz, que son muy
loables, pueden ser funciones complementarias (de las fuerzas armadas)
pero por sí solas no justifican la existencia del ejército."
Es entonces evidente que las fuerzas armadas de la región están
pasando por un proceso de auto-análisis y ajuste con el fin de definir
para sí un papel amplio más adecuado a las necesidades de
la época. Se han asumido nuevas funciones, pero éstas generalmente
se perciben como funciones secundarias, siendo las principales la de defender
a la nación de amenazas externas e internas. En estas circunstancias,
sería apropiado decir que el papel de los militares en América
Latina esta sufriendo una metamorfosis. Pero el grado en que estos nuevos
papeles están siendo aceptados por los militares solo se sabrá
en los próximos años. Un factor importante que va a determinar
el éxito o fracaso de este proceso es la actitud de los militares
hacia la aceptación de la supremacía civil y la aceptación
de las instituciones democráticas. El respeto mutuo es importante
y es requisito previo para lograr la estabilidad de los sistemas democráticos.
América Latina parece estar orientándose hacia este equilibrio. |
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